
Siempre con espectadores que ayudan a tensar el momento.
Más del 70 % de los accidentes de cruceristas y amantes de la navegación se producen… en puerto. Sí, después de cruzar mares, capear temporales y sentirnos medio Shackleton, es el último tramo —ese de quince minutos— el que nos da el susto, el golpe… o la factura.
El viento, las corrientes, el público del pantalán mirando y, cómo no, la falta de experiencia, hacen que los nervios del patrón se tensen justo cuando menos falta hace. Porque, recordémoslo: los barcos no tienen frenos. Y maniobrar uno exige entender inercias, tensiones, el efecto hélice, cómo responde la pala del timón con el flujo de la hélice… y, en general, el carácter del barco. Que algunos son nobles y otros tienen más mala leche que un burro viejo.
Como en la aviación, los momentos críticos están en la entrada y salida del atraque. Canales estrechos, vecinos poco pacientes, barcos ajenos que valen más que tu coche y, para rematar, un viento cruzado que aparece justo cuando creías que todo estaba bajo control.
Y no es cosa menor: un mal atraque puede acabar en golpes a otros barcos, hélices atrapadas con cabos ajenos o ese clásico beso al pantalán que nadie reconoce haber dado… pero todos hemos oído.
Por suerte, los simuladores han llegado ya a muchas escuelas náuticas de nuestras costas. Y han llegado para quedarse. Gracias a ellos, los navegantes pueden practicar maniobras en todo tipo de condiciones meteorológicas y con diferentes características de barco, sin poner en riesgo ni la embarcación ni la dignidad.

Ya sea un monocasco o un catamarán, los simuladores te permiten diseñar, no solo las condiciones meteorológicas, también tu entorno de maniobra y embarcaciones vecinas, además de las características de tu propio barco.
Estos simuladores, realistas y flexibles, reducen la incertidumbre, ofrecen recomendaciones y permiten que el propio patrón diseñe y pruebe maniobras nuevas antes de enfrentarse al mundo real. Vamos, que puedes equivocarte sin que suene el “crack”.
Así, los nuevos navegantes —que durante su formación no siempre pudieron practicar lo suficiente por razones obvias— tienen ahora una forma segura de ganar soltura, confianza y reflejos. El estrés no desaparece del todo (quien diga lo contrario miente), pero el atraque es más controlado, el pulso más firme y la energía que te queda… mejor guardarla para la próxima travesía.
Porque navegar es disfrutar del mar. Y atracar sin sobresaltos también forma parte del placer.
