Stødig: de bote salvavidas a hogar flotante (y a aventura con mayúsculas)

Lo que iba a ser un sencillo viaje de senderismo para celebrar el final de siete años de estudios de arquitectura terminó convirtiéndose en una aventura vital y marítima fuera de catálogo. Los arquitectos Guylee Simmonds y David Schnabel cambiaron las botas de montaña por un antiguo bote salvavidas y decidieron explorar Noruega desde el agua, diseñando y construyendo su propio hogar flotante.

La chispa surgió al descubrir que algunos botes de plataformas petrolíferas se reutilizaban como casas flotantes en Reino Unido. A partir de ahí, la idea creció sin complejos: comprar un bote salvavidas comercial, transformarlo con sus propias manos y navegar miles de kilómetros hasta el Ártico noruego. El elegido fue uno de los botes del ferry MV Clansman, retirados del servicio tras 20 años diseñados para el peor mar… pero prácticamente sin estrenar. En subasta lo adquirieron por 7.000 libras y lo bautizaron Stødig, “firme” en noruego.

El refit fue tan ambicioso como artesanal. Con fecha límite puesta en el verano de 2019, redujeron sus trabajos a tiempo parcial y dedicaron noches y fines de semana a hacerlo todo ellos mismos: estructura, electricidad, fontanería, aislamiento y diseño interior. El objetivo no era solo vivir a bordo, sino crear un espacio cálido, funcional y sereno, inspirado en el concepto de hygge: pocos metros cuadrados, pero bien pensados.

Con el barco terminado, llegó lo importante: la aventura. Durante varios meses, Simmonds y Schnabel navegaron por fiordos, canales estrechos e interminables archipiélagos noruegos, enfrentándose a aguas frías, meteorología cambiante y una vida completamente autosuficiente. El pequeño Stødig demostró una solidez ejemplar, confirmando por qué había sido concebido como bote de rescate oceánico.

A bordo viajaba también Shackleton, el perro, tercer tripulante y guardián emocional de la travesía. La rutina diaria se organizaba según el viento, la luz infinita del verano ártico y el respeto absoluto por el entorno. No había prisa ni grandes hitos: la experiencia consistía en habitar el viaje, no en tachar destinos.

Stødig acabó siendo mucho más que un barco o una casa flotante. Fue un experimento de reutilización inteligente, una lección práctica de arquitectura hecha con las manos y un manifiesto silencioso a favor de una vida más lenta, consciente y conectada con la naturaleza. En tiempos de exceso, esta pequeña nave demostró que a veces basta con cambiar de rumbo para encontrar hogar.

Deja un comentario